02 septiembre 2008

"El Temible Consejo de la Tía"

-Amanda, vete de aquí, por favor. -replicó la Tía Martinica-
-Si tía, yo solamente... -resintió Amanda mientras se iba-

No bien abandonó la recámara Amanda, Van extendió sus extremidades como aliviado. La Tía Martinica le inspiraba un profundo respeto, era la primera vez que la veía pero ya sabía de ella cuando, Joaquín, el prometido de Amanda, le recordaba el malestar que sufriese la tía de no contar con todos reunidos cuando fuese la hora del almuerzo, allá en las fronteras del campamento con el llano y las colinas.
Van ahora estaba recuperado de esas fiebres que tejían épicas ardientes en su interior, buscaba estar solo en tanto sentía perdida su paz y arrebatado su sosiego, sin embargo la compañía de la Tía Martinica le venía bien. Ella sonreía con una extraña sabiduría en los ojos, como si a pesar de ignorar lo que ocurría a su alrededor lo supiera todo; aún así, esto no incomodaba nada a Van, pues la anciana lucía tierna y comprensiva. Ella le notaba incómodo, pero menos incómodo que cuando estaba Amanda. Su sonrisa amplia e infantil fue, acaso, el preludio de su temible consejo.

-¿Amanda te ama en secreto Van Scribenz? -lanzó su primera daga-
-Qué ocurrencia Tía. Amanda, como cualquier mujer, se sentirá atraída seguramente.
-Pues ella me trajo hasta aquí para avisarme que estabas enfermo.
-¿Y como supo ella que lo estaba?
-No lo supo, lo imaginó...
-Cree Ud. que alguien puede imaginar y acertar. ¡Por favor!
-Ella imaginó que tu estabas enfermo porque sabía a donde te habías metido para pescar picaduras de tabarros. ¿No crees?

Van se sintió de bruces contra la pared, su delito o el delito de ambos era ahora más que flagrante. ¿Qué iba a decir ahora? Todo encajaba. ¡Malditos tabarros!
-Tía -dijo sacando un disco de su maleta- Relájese, vamos a escuchar un poco de música para no ennegrecer las pasiones. Tal vez al principio no le agrade, pero, escuchando a Mendelssohn, me sentiré mas a gusto de continuar. -distrajo Van mientras pensaba en algo-

el 1er Movimiento del Concierto para Violín, Allegro, molto appassionato se escuchaba con cierta dificultad. Zarandeó el reproductor y lo mantuvo a un volumen adecuado para la conversación.

-Verá Ud. Tía Martinica, no es que sea yo malo o me seduzca el deseo de romper compromisos, en el fondo es probable que así sea, pero en este caso particular, nada más lejos de la realidad. Yo disponía mis pasos hacia otras tierras antes de llegar a este poblado; yo solo he venido a visitar a un viejo amigo; yo...
-Yo, yo, yo -levantó la voz la mujer- Solo sabes referirte al mundo a partir de ti, olvidas que hay otros "yoes" dándole forma a sus vidas y que como consecuencia de sus ímpetus le darán forma a tu vida también. Más importante que el "yo", muchacho es el "tu" y más importante que el "tu" es el "él", el "yo" se disfraza de mayúsculas porque su naturaleza es minúscula.
-¡Bueno pues! Y si así fuere qué, ¿Adónde quiere llegar Usted? -rebatió Van, un tanto airado-
-A donde quiero llegar muchacho es que hay personas a tu alrededor que tienen una vida, un compromiso con la vida, una línea recta que deben continuar, y observo en ti una involuntaria fuerza para perturbar el camino de los demás, yo sé que no eres malo, se que no está entre tus pertenencias la maldad calculada, se que eres un viajero y se que disfrutas ahora tu nueva naturaleza errante, lo se, no porque adivine, sino porque tu postura arrogante te delata, incluso hueles a libertad lo mismo que a bondad y maldad combinadas. No es que yo tenga paciencia con los extranjeros, de no aparecer ante mis ojos con toda tu naturalidad ya te hubiera encajado dos o tres bofetadas para que aprendas. Somos una sociedad de errantes ¡cómo no vamos a comprender al extranjero!
-Tía Martinica, comprendo que pierdo mi tiempo intentando negarle lo que bien sospecha y acierta...
-A nosotros los viejos, los jóvenes nos divierten con sus ocurrencias, intentan esconder entre sus manos una pelotita y cuando se las pedimos esconden las manos detrás y nos dicen: "no la tengo tía, no la tengo"
-Yo la tengo tía, pero olvidé que la tenía
-bromeó Van para esbozarle una sonrisa a la anciana-
-Mira Van, esa mujer que viste salir de aquí tiene atrapada el alma de mi hijo, ellos están comprometidos y celebraremos bodas en tres semanas, a menos que algo extraordinario suceda. Yo observo todo lo que pasa, solo observo, no puedo forzar nada. Solo Dios sabe lo que hace y si es su voluntad que ella niegue su cultura, será su maldición y la tuya, nuestras vidas continúan...
-Tía Martinica, me llena Usted de confianza. Admito que estoy enamorado de Amanda. Primero me sedujeron sus encantos, ahora me acaricia el alma saber que intuyó mis malestares y me trajo hasta aquí sus cuidados; yo sabré recompensarle el bien que me hace ahora pero ningún bien es mayor del que significa la libertad que le ofrece a mis pasos, este bien último tal vez no logre recompensarle. Iré hasta donde tenga que ir para corresponder los cariños de Amanda.
-Eres tú contra todos, muchacho. No te apresures... Ve despacio. En nombre del amor muchos hombres han caído...

La mujer abandonó la recámara, Van se dejó caer sobre su almohada, meditabundo, circunspecto, enrevesado con esa confesión que la Tía Martinica le había arrancado de la boca destrozándole cualquier paso silencioso que hubiera querido tramar, de hecho ya no podía tramar nada mientras su refugio sea la guarida de los lobos que pretende azuzar. Intento apretar los ojos para hallar calma en sus tormentos antes que advirtiera unos pasos temerosos introduciéndose en la habitación...

-Van, soy yo Amanda ¿Puedo entrar?
-¡Amanda! -contestó Van sobresaltado-

Amanda penetró en la habitación abatida, como si hubiera recibido una paliza de sermones sobre su frente. Se sentó al costado del convaleciente, le acarició las mejillas como quejándose del dolor que sufría, juntó su regazo contra el cuerpo de Van, le dejaba sentir su respiración al oído y este le correspondía con suavísimos susurros incomprensibles, Van lloraba en silencio la suerte de ambos, ella le consolaba con el desliz de sus dedos sobre los labios, ambos mezclaban el temor de ser sorprendidos en cualquier instante con la irresistible fuerza que los mantenía unidos. Su pecho retumbaba bajo la voluptuosa fuerza de esa mujer que le apreciaba la vida y le cuidaba, ella se sentía una diosa en sus brazos, ese hombre no la desnudaba con los ojos como lo hacían todos, ese hombre se había sumergido en sus adentros, había anidado de pronto en sus sentimientos, ese hombre no era un ejemplar más, era el ladrón de su inocencia escondida y agitador de sus sentimientos más nobles. Eso que anidaba en su corazón se lo dijo al oído entre quiebres de sollozo y Van le rodeó la cintura para proclamarle su amor valiéndose del más certero ataque en favor de ambos: el húmedo silencio asestado sobre las pasiones.
Entonces, solo entonces Van fue de Amanda y Amanda fue de el...
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