30 agosto 2008

"La Tía Martinica"

-¿Qué le ha sucedido a este finito universo mío? -cuestionaba Van en medio de un profundo estado de inconsciencia-
Una verdadera batalla de titanes se ha librado en un mundo diminuto que apenas alcanza el tamaño de una cabeza. El sol se ha hecho tan pequeño, tan denso y tan ardiente que, en medio de la batalla, pugnan los gigantes por atravesar los muros que los mantienen frente a frente. Los gritos de guerra que se dedican semejan al rugido de leones, mueren a cada instante, sangran en todo momento, se calcinan con los ardores del ring que los contiene para el combate.
La sed es el árbitro perverso que condena a los incansables combatientes a sufrir la ausencia de treguas en el camino que los dirige a la muerte, acaso el único camino, y el menos accesible, para atravesar los muros, guardar silencio, abrazarse a si mismo y no sentir el deseo irreprimible de beber nunca más. Mientras tanto, todo al rededor se torna tosco, como si se practicara un involuntario acercamiento microscópico sobre lo primero que caiga en el solaz de los ojos. Los pensamientos adquieren sombras y los hormigueros mas intrincados se tornan en un laberinto de cuevas, los espacios suaves desaparecen y brotan clavos en vez de musgo, tiembla toda la superficie hasta derrumbarse, no hay truenos porque los gigantes le han robado, ya, la más temible de sus voces. Las aguas no fluyen en ríos porque todas desbordan al hallar enormes rocas infecciosas en el curso que antes le correspondían, duele más atravesar esas rocas que escupirlas sumisamente por el borde. Muerden vorazmente las sienes rompiendo sin cuidados los hilos del músculo que las protegen. Punzan sobre la piel ardiente lanzas afiladas y calientes. Fluye presuroso el torrente en la misma medida que mueren legiones enteras de valientes soldados cerebrales. Con tanta barbarie como antesala, ha de ser magnífica la muerte.

Así enferma Van, así se trastornan sus sentidos; cuando no hay arrullo que le sirva de medicina, cuando se siente incapaz de provocar una sonrisa al no poder relajar sus sentidos con la suya. Una muerte consciente, así es la extraña enfermedad que adolece.
-¡Atrás! -delira- ¡Atrás malditas! Han pervertido mi sangre, ¡Han encenagado mi mente!

Hubo de quedarse dormido sin advertir el dolor inicial; no reparó, seguramente, en los aguijones disecados en su piel, tiñendo de minúsculos puntos granates su blanca camisa de seda georgette. Van, creyó despertar al día siguiente con el sol bastante adelantado para asegurar que aún estaba sobre las horas de la mañana. Intentó levantarse sin lograrlo: no conseguía reunir la mínima fuerza para arrojarse a caminar.
Había sufrido el ataque de tabarros, no lo libraron las mantas del anciano ni la prisa con la que salió del campo. Horrorizado, al ver su cuerpo atentado de pequeños y profundos cráteres, tumbó súbitamente su cabeza hacia atrás. No podía estar pasando esto: estaba solo, no conocía a nadie, excepto a la familia de Zaira, pero ellos sin estar lejos no sabrían hallarlo; por otro lado él, estando cerca, no tenía la fuerza necesaria para acercarse. Van estaba ahora a merced de su anárquica enfermedad.

Un fieltro gélido refrescó su frente sudorosa, recuperaron sus corneas la posición que les pemite ver el mundo real, al otro lado, donde estaban, solo percibía un mundo imaginario y matizado de gritos, sangre y espanto.

-¡Tía Martinica! ¡Ha despertado, tía Martinica!
-Gracias a Dios Josietita. Dile a la Amanda que me traiga más pañitos y que se fije si la sopa está lista para darle a nuestro enfermito.
-¿Se encuentra mejor jovencito? -preguntó Martinica, la dueña de la posada- Parece que ha bebido demasiado, tuvimos que patear la puerta porque sus gritos nos alarmaron-
-Me han picado tabarros mujer... -respondió Van secamente, como indiferente a las cariñosas atenciones.
-Ay bendito, Dios nos libre de ser picados también, quédate ahi que ahorita te rezo.

Para el asombro de Van que naturalmente no evidenció su sorpresa, sino que pretendió cerrar los ojos en eventual adherencia al rezo:

Amaro Dad, savo san ade bolipe,
Teyavel arasno tiro lov,
Teyavel tiro rayan,
Teyavel tiro kam.
Sir pe bolipe, ad’a i pe phu.
De amenge, adadives, amaro sabdivesuno maro;
I khem amenge amare dosha
Sir i ame khemas amare doshvalenge ;
I nalija amen ade perik
Ne muk amen fuyipastar:
Ad’a teyavel.

-No ocultes más tu desconcierto muchacho, no te asustes, no te estoy maldiciendo. Todos afuera piensan que solo tenemos la boca pa maldecí y no es tanto así, te he rezado padre nuestro para que Dios sepa que estás con nosotros y en su misericordia infinita te libre pronto del dolor.
-Lo lamento... -pronunció Van, reclamándole con la mirada su nombre.
-Martinica, -respondió la mujer- dime tía Martinica, nada de Señora. Ya oíste. Ya sé que te llamas Van porque te registró ayer mi hija Josieta.
-Muy bien tía Martinica, ocurre que en toda mi vida no he escuchado un Padre Nuestro así: musicalmente triste y profundamente religioso.
-Pues ya lo ves, entre nosotros vivimos cada palabra que decimos. Entendemos que el poder del hombre está en lo que dice con los labios y el corazón unidos. Muchas creencias hay en el mundo, pero no todas estan atesoradas en el corazón sino que se repiten y se repiten, generación tras generación, y lo que un día fue verdadero para las generaciones siguientes pierde su esencia y su valor.
-Lo he visto en persona, Tía Martinica. Fíjese que...

La puerta se abrió repentinamente, interrumpiendo el ánimo recuperado del afectado.

-Tía martinica, aquí traigo la sopa que me encargó... -extendió sus manos Amanda y reposó sus enormes ojos pardos en los de Van.
-Gracias monshé (1) -respondió amorosamente Martinica.

Van evitó la mirada, comprendiendo donde estaba alojado, a dónde lo había traído, maliciosamente, la naturaleza lúdica de su destino. El se siente siempre en perfecto acuerdo con su existencia, nada puede perturbarlo, esta debe ser una circunstancia como cualquier otra, sin embargo, se pregunta: ¿Por qué a mí? y enseguida se responde: ¡A mí! Qué bien que me sucede a mí.

Amanda le mira con amor, sin temor a que le vea Martinica, sacando partido que el hombre tendido estaba enfermo y podía disfrazar sus deseos por medio de la compasión.
Van en cambio, lo reprime todo y se conforma con verla reflejada en la sopa que Martinica le alcanza a cucharadas.

¡Qué dolor!
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