03 agosto 2008

"El Momento de Partir"

Van y Fernando descansan pesadamente sobre el sofá, estuvieron bebiendo desde temprano; los discos, los vinos, los libros y las sillas de la pequeña biblioteca casi flotaron en olor a vicio y desorden infantil; el orden antecedente se lo debían a la escrupulosa atención militar de Don Gabriel Portal; el no leía un solo libro de los que acomodaba con especial cuidado, la música era toda suya pero sus oidos le eran ajenos a ella. El orden imperativo fue algo que aprendió muy bien cuando se enganchó a la milicia en sus días mozos. En el fondo quería que Fernando aprendiera de algo que el valoraba sobremanera: Orden, limpieza y cuidado. Así podría definirse cualquier movimiento que este hacía. Incluso antes que Van cumpla el segundo día de estadía, ya estaba maquinando como buen alcireño frío y calculador, de qué manera expectorar a ese intruso sin remover el orden de su familia, con la limpieza de un francotirador y con el mayor cuidado de no zaherir las voluntades de su hijo.

Al ingresar, El desorden imperante en la pequeña biblioteca espantó a Don Gabriel. Faltaban mujeres desnudas regadas por el piso para que pareciera el amanecer de un suburbano cabaret. La escena, hirió en lo más profundo la escasa sensibilidad de este hombre de estridente voz y atronadora mirada. Guardó silencio dejándose caer sobre una silla, llevándose las manos a la cabeza y apoyando la frente sobre sus rodillas juntas. Parecía preguntarse qué clase de hijo tenía, quién era verdaderamente este apocrifo ángel guardián que en vez de guardar de los vicios a su hijo lo habia sometido a semejante borrachera.

Van levantó a medias uno de sus ojos, al sentir dos pasos acercándose a el, quería apretarlos pero prefirió convencer a cualquiera que estaba profundamente dormido. El hombre amenazante acercaba su nariz hacia la boca de los degenerados; aspiró ruidosamente una vez tras otra en torno a sus rostros, quería convencerse de lo que habían bebido. Temía probablemente que hayan agotado el vino añejo que le regalaron el día de su aniversario de bodas o aún peor, su whisky preferido.

-Tengo más años que estos dos muchachos juntos -alcanzó a pronunciar- y con todo, pretenden verme la cara de estúpido. No voy a regañar a Fernando por sus indirectas atrocidades pero a este otro sujeto, al autor intelectual de esta deleznable corrupción, me lo bajo, hoy día mismo me lo bajo. ¡Qué le voy a creer toda esa paparrucha que ha recitado en la mañana, si ya me parecía bonito el cuento!. Osea que viene a mi casa; se mete sin permiso, seguro que por la puerta trasera porque la encontré bien abierta; nos miente descaradamente y para rematar usa mi baño privado y me pide una toalla con natural desparpajo. ¡Ah, no!, esto no tiene por qué continuar. Hoy día mismo se va este sujeto de mi casa. Pero sin atizarle una sola patada, hacerlo alteraría la paz de mi hogar.

Van le había escuchado todo, Fernando estaba tieso y embriagado. Quería desaparecer en ese mismo instante. Pero este hombre de carácter afable y taciturno, tras haber restablecido el orden, aguardaba su turno para jaquearlo. Inexplicablemente inició un culto a sus principios, con sumo cuidado cogió cada uno de los utensilios que usaron, los libros nuevamente a su lugar de origen y los discos de música ordenados según dicta el alfabeto valenciano. Al cabo de su jornada los sillones eran lo único que desencajaban. Sin pensarlo, arrastró los sillones en los que descansaban los muchachos, lentamente para no interrumpirles la felicísima siesta.

Don Gabriel salió silencioso, llamó a su mujer al comedor.

-¿Y Fernando? -Inquirió sin preámbulo-
-Debe estar en la biblioteca, yo he dormido la siesta por la fuerza, rendida por la música hipnótica que escuchaban los chicos.
-¡Fernando! -Levantó la voz, Doña Lucía, dirigiéndose a la biblioteca-

Al otro lado Fernando, despierta a Van…

-Joder tío, nos hemos quedado dormidos. Qué os parece, nos ha caído la noche.
Van miró a su alrededor, lo que veía no era un residuo de sus sueños, era el perfecto orden que había restablecido Don Gabriel hace un instante.
-Hombre parece que no hubieramos hecho nada, todo está en su lugar.
-¡Fernando! -Insistió la mujer desde afuera-
-Ya voy madre, ya voy.
-Vamos Van, acomódate la camisa, seguramente nos llaman para cenar.

En la mesa, siempre horizontal, le esperaba un acusador certero, incisivo y cuidadoso. La escena le evocaría un momento extraviado en su memoria; aún estaba aturdido por los finitos tragos que bebió con Fernando. Tenia que enfrentarlo e iba decidido a ello. Traspuso la puerta que separaba los ambientes para ubicar su asiento al lado de Fernando.

Doña Lucía narraba a los comenzales con especial entusiasmo acerca de sus dias de juventud. Recordaba con dulzura las bizarrías incontables de Don Gabriel, cuando una noche antes que accediera a sus encantadoras proposiciones amorosas, apoyó una escalera de carpintero al pie de su ventana, para alcanzarle una rosa “Reina Isabel” que, el muy tonto, neutralizó el aroma natural rociándole un perfume suyo. Lo contaba y todos reíamos, todos menos el. Don Gabriel sólo tenía tiempo para cruzar los escurridizos puentes que, estaba seguro, lo llevarían a la vergüenza escondida del intruso. Este sin embargo se desenvolvía con total distensión.

Don Gabriel dejó de asestarle la mirada cómplice y acusadora al saberse vencido en la primera batalla.

-¡Oh! lo recuerdo muy bien cariño -alcanzó a complacer a Doña Lucía- Esa noche fue la que antecedió al más feliz de mis días, tenías el rostro como la de un músico detrás de sus notas, embelesada con tanta galantería. Anhelando el mañana, te declaro mi amor hasta el día de hoy, te llevo dentro de mí desde entonces, pues no he hallado descanso en mi lucha sin cuartel que me depara robarte siempre una sonrisa.
-No has cambiado nada querido -arrulló a Don Gabriel llevándole las falanginas a su mejilla.
-Por eso mismo quisiera brindar frente a nuestro respetable huésped Van… ¿Cómo es que apellidas?
-Scribenz señor, Van Scribenz.-
-¡Oh! Sí, junto a nuestro respetable huésped Van Scribenz. ¡Fernando!, traedme el Vino que el buen Víctor nos trajo para el aniversario de bodas.
-¿El vino? -tragó saliva Fernando, sabiéndolo extinto.
-El vino hombre, ¡el vino!

Calló dos segundos, sintiéndose y mostrándose perdido. Su madre lo observaba sospechando la peor de las desgracias. Vaya manera de amenizarles la víspera.

-Me lo bebí padre. Perdóname.
-¿Qué cosa? ¿Cómo que te lo bebiste? Si hasta ayer estuvo intacto.
-Padre lo lamento no recordé que era el que apreciabas tanto.
-Bueno pues, -resignó falsamente comprensivo- Tráeme cualquier otro, que quiero brindar con tu madre hoy. ¡Ya está! Traeme mi botella de Whisky preferido.
-También me lo tomé padre.

Van, sabiendo que todas las botellas quedaron vacías, tendría que apresurarse a intervenir, de no hacerlo, pondría en serios aprietos a Fernando. Interrumpió, sobre todo, para demostrarle a Don Gabriel que también él sabía perder.

-Me van a disculpar los señores, tengo que confesaros que Fernando y yo nos dejamos poseer por el espíritu de Baco. Nosotros, en igual medida irresponsables, hemos terminado todos los tragos habidos. A la vista de cualquiera, seguramente habremos parecido dos tristes borrachos, sin embargo teníamos mucho que celebrar. En primer lugar el repliegue de Fernando de las exóticas tierras donde todo le seducía; ahora, por fin, había hallado el sosiego de su hogar. En segundo lugar por tener la enorme dicha de tener padres tan preocupados y responsables con su desarrollo humano, quizá esto nos condujo hasta la biblioteca, la misma que Don Gabriel, a pesar de su distancia con la lectura, le ha preparado con afectos paternales; no conforme, ha mantenido su encanto con orden desmedido y esmerado. En tercer lugar, celebrábamos mi despedida; al saber que los pasos de Fernando están a salvo en vuestra guía, hacía menester mi partida. Pero hubo algo que no llegamos a celebrar. -Alzó su taza de té y mirando con extraño enojo a Don Gabriel, pronunció- Quiero brindar por la ininterrumpida amabilidad con la que me han acogido en esta casa; desde la comprensión cariñosa de Doña Lucía hasta la calma estratégica de Don Gabriel. Quiero brindar por Ustedes porque es seguro que no me volverán a ver.

Bebió hasta la última gota y se fué. El reloj marcaba las veintiún horas menos diez.
Había llegado el momento de partir.

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