03 agosto 2008

"Un Guiño de la Muerte"

-Hoy traen mi automóvil, estoy tan contento que casi no puedo creer que haya vivido hasta este día. Ya lo he visto en el taller, he elegido un color azul acero porque quiero que luzca fuerte y elegante. Elegí un Hyundai Accent, me parece adecuado para mí, es bello, muy confortable, veloz y sobretodo mío. Voy a ser muy codiciado, las chicas van a querer que las saque a pasear con más facilidad, después de todo eso es lo que buscan en nosotros, ellas lo ocultan pero yo se muy bien que nos ven como objetos de éxito lo mismo que nosotros las vemos como objetos sexuales, claro está, mientras no medie sentimiento alguno, lo que más me excita como consecuencia directa de mi feliz adquisición es que voy a ser codiciado. Sí, muy codiciado.

Así pensaba Jefferson Guzmán mientras conversaba con Jimmy (a) El Cardenal, un tipo oscuro con una gran simpatía, amante del buen metal y cojo desde los diciseis años cuando fue embestido por una motocicleta, Jefferson andaba de maravillas ese día, lo del automóvil era un secreto a voces en Arizmendi, nuestro populoso barrio. Sabíamos bien que no era producto de su esfuerzo el juguetito que venía esa tarde, sus hermanas que radican en Auerstedt, un pequeño poblado de Turingia incrustado en Weimar, Alemania. El nombre de ese poblado me transporta velozmente a una pírrica batalla que Napoleón I ganó a los prusianos allá por los albores del siglo XIX . Entonces no imagino cuántas batallas habrán ganado estas hermanitas suyas para comprarle al pequeño Jefferson su juguete preferido.

-Oye Cardenal ¿quieres ser mi copiloto?
-¿Qué pretendes? Acaso ¿que te siga en bicicleta?
-No pues huevón te estoy diciendo que reserves esta noche para salir a pasear por el barrio en mi caña -
asi se refieren los hombres frivolos a su automóvil por estos lares-
-Acepto, siempre que me dejes escuchar a Megadeth a todo volumen
-Dale pero mientras estoy manejando no me distraigas mucho, quiero verles las caras a estos perdedores cuando me vean al volante.
-Por la putamare, qué vanidoso eres, ¿te gusta sentirte lo máximo no?
-Eso dices porque no tienes una
-Ya ya, te veo más tarde.

El cardenal, que a pesar de su disminución física, manejaba bastante bien su bicicleta de montaña, se alejó con una sonrisa triunfal en los dientes, dibujando con sus ruedas, ochos imaginarios en el pavimento, aparentemente estaba más emocionado que el mismo Jefferson.
Me trasladé a la salita de estar donde Van cumplía su presidio frente al canal de historia en la TV por cable, no me atreví a interrumpirlo cuando advertí que las imagenes correspondían a las barbaridades que se suscitaban en Sierra Leona en medio de la guerra por los diamantes. Me senté a su lado sin que éste se inquietara en lo más mínimo. Cualquier película gore era un programa para niños frente a todo el horror que comentaba, notoriamente indignada, la grave voz en off que ilustraba el documental. Terminé devastado, aturdido y encantado de no estar en país que produce diamantes y mejor aún que ya estaba advertido de lo que representaba regalarle un anillo de diamantes a mi amada, lo cual es una mera alucinación porque no tengo caudal suficiente para ese tipo de cosas, por último ni siquiera tengo amada.
Van repetía durante toda la película algo ciclícamente: El cruel juego de los dioses, que perversos son los dioses, qué manera tan ruidosa de divertirse, odio a los dioses...
Terminado el documental se dejo caer pesadamente de espaldas, miraba el techo sin mirarlo.
-Oye Van, ¿adivina qué?
-Qué, dime qué pasa
-Fíjate que Jefferson se ha comprado un carrazo
-Ja ja ja ja, eres tonto o te haces, ese no tiene ni para invitarle un pollo frito a su flaca ¡y se va a comprar un carrazo! Se va a alquilar uno querrás decir.
-Bueno él no lo ha comprado precisamente.
-¡Ah! claro. ¡Las hermanitas!. Oye, ¿tanta plata tienen esas chicas? ¡Qué raro! -
especuló audazmente-
-Se lo van a traer hoy día, yo mismo le escuché hablando de eso con el Carde
-Bueno pues, será motivo para estrenarlo.

Me quedé pensando en lo que dijo. Que yo sepa, arriba de dos veces no lo había visto conversando con Jefferson. En fin, Van siempre me sorprende, me espanta y me divierte con sus ocurrencias.

Allá afuera, el motor de Jefferson rugía enloquecido, desbordante, ansioso de ser admirado estúpidamente por los vecinos de esa parte de la vecindad. En la esquina posterior del automóvil Jefferson doblaba la columna, hinchando el pecho hasta formar un arco con su cuerpo mientras anudaba los brazos con actitud soberbia. Yo mismo quedé admirado con tanta belleza, el carro brillaba por si mismo, no le hacían falta luces, desentonaba bastante bien con nuestras polvorientas calles marginales.
-Hey Van, ven a ver esto, es un espectáculo.
-¡Diantres!
-exclamó Van-
-¡Fabuloso eh!. Veo que te seduce.

Juan se dirigió pausadamente a la biblioteca de tablas y ladrillos que había acondicionado en su habitación, ese lugar por más miserable que pareciera, estaba muy bien dotado de libros, tan disímiles como sus propios comportamientos. Al regresar, salió con una casaca de cuero que casi no usa y debajo del brazo un libro mediano que decía Flores para Algernón. ¡vaya a saber de qué se trataba!. Como un ratón detrás de un pedazo de queso se escabulló entre la puerta y mi presencia perturbada.
Salió en dirección opuesta al espectáculo público que Jefferson estaba presentando.
Tocó la puerta desvencijada de oscura residencia del Cardenal.

-Buenas tardes, estoy buscando a Jimmy, quería agradecerle la generosidad de haberme prestado por tanto tiempo este libro.
-Joven, -atinó a responder la mujer que entrevistaba, que era su tía- él no está en casa, dijo que iba a... Mire allá está con Jefferson.
-Caramba, entonces vengo en otro momento.
-A ver espérese.
-Lanzó un silbido lo bastante viril como para llamar la atención de su sobrino-
El Cardenal miró en dirección a Van y este le levantó el libro en señal de triunfo, como si lo hubiese rescatado de alguna odisea interminable de préstamos desvergonzados. Jimmy le invitó a acercarse. Van agitó su delicado zippo para encender un cigarrillo y sonriendo seriamente se aproximó al automóvil con un estilo tal, que parecía dispuesto a probar los caballos de fuerza al auto del chaval.

-¡Vaya, vaya! - exclamaba, ignorando a los presentes y llevándose el indice a la frente- Son mis ojos que me engañan o es un hermoso automóvil que veo bajar de la montaña. -Van, sonriente, feliz, totalmente divorciado del libro que iba a entregar a su primer dueño comercial.
Asintiendo con la cabeza, ratificó -Es una auto espectacular. Hola Jefferson me enteré por Daniel que has convertido tus esfuerzos en este auto precioso.
-Bueno no tanto así, alguna ayudita me han echado para alcanzar mi sueño que ahora mismo es una realidad.
-Y vaya realidad hombre. ¡Te felicito! Bueno, Cardenal vine a dejarte los restos de Algernón, ya le he llevado flores a su tumba.
-Jefferson reía pero sin saber por qué, sólo le seguía la risa a Jimmy y éste a Van.
-Aparte de eso -continuó Van- estas debiéndome unos cuantos euros, necesito que me los pagues ahora.
-Vamos Van, no es momento de cobrar -retrocedió Jimmy el Cardenal- Aquí nuestro amigo presente nos ha invitado a dar unas vueltas. ¿Qué te parece? -Jefferson sorprendido y con cierto temor de perder autoridad, invitó rapidamente a Van a subirse, era hora de hacer rugir de verdad a ese motor. Van aceptó y tomó el asiento delantero. Emprendieron veloz marcha para dejar atrás a los curiosos.

Van hablaba de sus proezas en el camino. De cómo sedujo a la hermana del Cardenal pese al mandato de la madre de éste para evitarlo a cualquier costo. Trajo a la mente de Jefferson las salvadas de manos valientes bajo la portería del club en el que jugaba el mismo Jefferson, justamente éste lo metía en problemas porque andaba mal jugando de back central. Van hablaba también de su afición a los desbandes nocturnos y las interminables historias que la calle le procuraba como tributo. Van es un tipo pedante, sin embargo cuando relata sus alocadas experiencias se gana rapidamente la atención, pues este siempre se reserva el papel de semidiós, al principio nadie le cree pero todos quedan estupefactos, como dudando y dando crédito al final. Parece que andaban pasándola bien porque Jefferson, que al principio solo quería dar una vuelta, ahora estaba deseoso de franquear alguna que otra frontera. Augurando tener una historia fabulosa al estilo de Van y sí que la tuvo. Andaban por las afueras de los barrios que Jefferson controlaba con la vista desde la terraza de su casa, y ya lejos de casa, Van le propuso al Cardenal que en vez de pagarle le surtiera combustible al 'animal', así podrían salir a cautivar ciudades que no eran las exactamente suyas y tener cuerda todavía para regresar y dar vueltas por el barrio. Jimmy el Cardenal aceptó de inmediato y así fueron a dar hasta el centro de Lima y aún más allá. Llegaron a un barrio residencial, tuvieron que estacionarse frente a una tiendita porque Van llevaba la mitad del camino con el incontenible deseo de miccionar. Cual perro en sus dominios se acercó a un poste, traqueteó su cremallera y eliminó mojadamente sus toxinas. No bien volvía al automóvil, advirtió que escaseaban los cigarrillos en su haber, asi es que aprovecho la tiendita, graciosamente iluminada, casi se abandonó al descanso en la banquita que reposaba en las afueras, consiguió su cirgarrillos y se marchó. Al frente dos chicas bellisimas movian las caderas configurando una hermosa danza para los tres rebeldes bajo ruedas. El auto, más bello que nunca, servía ahora de butaca preferencial para disfrutar el descanso. Jefferson se emocionó y le pidió a Van que trajera cervezas también, Van trajo tres latas bien heladas para refrescar mejor la noche, bendita de tanto calor. Jefferson no quería probar gota de alcohol, debido al temor que los medios de comunicación se han encargado de reforzar para evitar accidentes dolorosos. Van convenció a los dos que al enfrentarse al alcoholímetro sólo darían positivo si exceden cierta cantidad de cerveza, incluso precisó en tres o cuatro latas por persona. Jefferson convencido, cogió su lata y de un sorbo la secó. Alterados Jimmy y Van se dispusieron a continuar el ritual. Charlaron un poco, hicieron planes playeros y campestres donde participarían los cuatro: Jefferson, Jimmy, Van y el auto.

Bastante se sorprendieron cuando las doce menos diez los sacudió, para ese momento Jefferson mostraba un rostro algo desencajado, como el de un púber que estaba faltando a la promesa de llegar a cenar con papá y mamá, casi no conversaba con Jimmy y ultimamente tampoco con Van, para compensarlo le subieron el volumen a la música de fondo, los jirones y pasajes, a esa hora despejadas, le permitían a Jefferson pisar el acelerador, pero no sabía ubicarse todavía, asi es que Van le sugirió el camino de regreso, esto le irritó ligeramente a Jefferson y casi trataba de no escucharlo, Van le pidió que bajará la velocidad porque la Avenida que estaba a dos calles regularmente es muy transitada a cualquier hora. Jefferson no escuchó, una señalética le indicaba un resalto, pero él igual pasó.

Nos empujo un camión de transporte público y en plena avanzada un auto que iba tan velozmente, como el carril izquierdo se lo permitía, terminó de remolcar lo que fue el bellisimo carro, pasamos el sardinel y fuimos a dar a la berma central.
Van piensa en segundos:
¿Qué diablos está ocurriendo?, ¿me parece o estamos chocando?, ¿qué son todas esas esquirlas de vidrio que pasan delante de mí?, ¡maldición! no debimos tomar ni salir de casa tan tarde, extraño a mi amigo Dani, espero volverlo a ver, es tan bueno, no sé excusarme por qué lo ataco tanto. Madre, esta, seguramente no es la muerte que hubieras querido para mí, espero que no me pillen alcohol en la sangre, Padre... A ti no te voy a extrañar tanto. Por otro lado, ahora sí voy sabré si hay o no Dios. ¡Envídiame padre!.

Cerró los ojos creyéndose vapuleado por aquellas esquirlas, un segundo después, con el carro inclinado y apunto de parecerse a un acordeón, reaccionó al advertir el ruido de dos neumáticos aún en movimiento. Van tuvo miedo de moverse, creyendo haberse roto cien huesos después del impacto doble. Volteó a su izquierda y ahí estaba Jefferson, rosado de furia y salpicado de escarlata viva y coagulada, con los ojos perdidos, trastornado, preguntándose por qué había sucedido esto y lamentando la nueva realidad, parecía capaz de hablar pero permaneció impasible, mudo, inmóvil. Atrás Jimmy parecía sacado de una película de terror donde sería no precisamente la víctima, su rostro se asemejaba a un animal de puro hinchada que tenía la frente y quebrado el mentón, Van aún moviéndose con temor escuchó una voz como de un ángel que lejos de curiosear como los demás, o tal vez curioseando con estilo a diferencia de los que estaban afuera rodeando el accidente, se prestó a aconsejar que se muevan despacio para detectar fracturas o heridas graves. Por fortuna Van recuperó el movimiento de inmediato, Jimmy se sacudió visiblemente adormecido. Jefferson observaba desenfocado el volante porque tenia la frente pegada a este, inmerso en su asombro finito.

-Vayan a una tienda y tomen leche y limón, eso les evitará problemas con la prueba de alcoholemia. -sugirió el angel-
Van salió raudo y arrastro a Jimmy consigo, atravesaron juntos la impertinente multitud. Antes de comprar lo recomendado buscaron una farmacia para que le receten algo para la inflamación, el dolor y el susto. Seguidamente bebieron medio litro de leche cada uno y en el acto el medio limón que complete la cura para las pequeñas cantidades de alcohol que portaban. Se reincorporaron aun absortos y para colmar sus sorpresas una abultada cantidad de gente, detrás de un plástico amarillo con indicaciones para no pasar, les cerraron el camino. Un increíble despliegue de autoridades y servicios privados: Policía de carreteras, Auxilio mecánico, Paramédicos, Bomberos, Personal de homicidios hasta la prensa más barata con sus cámaras y micrófonos buscando muertos y heridos donde no hallaban casi nada. La mirada hacia atrás los dejó mas espantados todavía: dos o tres autos terriblemente aplastados por la parte delantera. Jimmy quiso huir, Van se lo impidió, intentaron cruzar juntos los cercos que le impedían llegar a donde estaba Jefferson éste último aún sin aceptar nada. No era posible pasar para tranquilidad de Jimmy, este quería huir, abandonarlo, ponerse a buen recaudo, Jimmy El Cardenal le temía a la madre de Jefferson que era mujer de bravos arrebatos en favor de su camada. No había nada que hacer, abandonaron la función.

Al otro lado del ejército de curioso, ya reincorporado, Jefferson se tapaba la cara, las cámaras lo asediaban, los reporteros acechaban sus declaraciones insistentemente. Una mirada dedesconcierto fue lo último que Jefferson y Van intercambiaron por varios segundos, Jimmy estaba adelantando pasos a casa.

Van llego a casa, sirvió medio vaso de Jhonie Waker Azul, bebió en seguida y sintonizó las noticias diferidas:

Un hombre falleció esta madrugada, luego de chocar su automóvil a la altura de la cuadra 34 de la avenida Arequipa, en Lince. Según fuentes policiales, se trata de Raúl Casablanca, quien poco después de las 12 de la media noche perdió el control de su vehículo contra un auto que cruzaba extrañamente a alta velocidad, este impacto contra el sardinel y posteriormente inclinado y apoyado en un árbol en la mitad de la vía, quedando atrapado entre los fierros retorcidos. A raíz de esto último, debió ser rescatado por un cuerpo de Bomberos voluntarios, los que lo trasladaron hasta la Clínica Ballesteros, donde falleció por las graves heridas. Hasta el lugar del accidente llegó personal de la Policía de carreteras, mientras que en el nosocomió se constató además de la muerte de Casablanca y las graves lesiones de su acompañante, aparentemente un travesti. Se supo también que el conductor del automóvil que provocó el accidente, identificado como Jefferson Guzman Garcés, de 21 años , atravesaba la vía a alta velocidad porque conducía bajo los efectos del alcohol y en compañía de tres personas que aún no han sido identificadas, estos huyeron rapidamente después del impacto.
Pamela Sanz para canal 9. Informó.

Alzó su copa de whisky, me miró adusto, cerró sus ojos y pronunció:

-Nunca en toda mi vida, he visto a tantos curiosos sueltos, incluso yo, pendiente de las noticias pasadas.
¿A caso no tenemos claro aún lo que ocurre tras la puerta de la casa que nos ampara?

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