03 agosto 2008

"Dejad que los Niños..."

Solo, perdido y únicamente con su dignidad a cuestas, Van enfrentó las calles comprimidas de Algemesí; la temible oscuridad que le cerraba el paso, las incesantes miradas ocasionales, incluso el farol intermitente de la siguiente esquina, parecían confabularse en su contra. Los muros de esa ciudad le perseguían furiosamente tratando de replegarlo hasta el punto mismo en que decidió su partida. Aquella ciudad no era suya y nunca lo fue, aunque en algún momento de gratitud y compañía pudo haberla sentido cercana. Alrededor todo le es extraño, todo excepto su sombra. Un sentimiento de culpa le atravesó el pecho y le hizo flotar sobre sus propios pasos. Venía de esa pequeña casa rosada, de esa casita que cobija bajo su techo a esas caras que acababa de conocer el día anterior, esas caras que en principio fueran todas amables, y al final el mismo, en una vana actitud desafiante, las tiñó de rencor. Fernando ahora estaba con sus padres y Van resignaba la realidad de volverlo a extraviar.

Solo, perdido y únicamente con su dignidad a cuestas, dejándose no caer, atravesó la ciudad con sus manos, dejando en cada columna que se apoyaba rastros del dolor punzante al ver en el a un vagabundo foráneo; su mirada altiva y la frente dirigida a un horizonte que aún desconoce le permiten huir temporalmente de su abatimiento, normalmente Van no muestra el malestar que le producen sus cavilaciones, no lo hace ante sus cercanos y menos ahora frente a esa escasa gentuza que le sale al paso. Perdido en sus odios infundados, y olvidando el rumbo en el afán de encontrar uno o inventárselo para mostrarse seguro, tropezó con una de las bancas que cercan la plaza que a esta hora luce vacía e impasible bajo la umbra de sus faroles y las sombras amenazantes de media noche.

El rostro desolador de la ciudad nocturna lo embarga, lo suprime, lo arrastra pero no se deja sepultar. Embebido de una furia que le azotaba la espalda, prefirió cerrar los ojos y dejarse vencer sobre las maderas que lo mantenían lejos del gélido cemento. Este era su momento presente y no podía presentar reclamos ni exigir nada.

Sin buscarlo, Van pretendía alojarse en un hotel pero prefirió postergarlo. Antes que el cansancio lo invadiera sin reservas, casi podía sentirse cómodo en su soledad, el silencio de la noche y el susurro de las hojas de los árboles cercanos terminaron venciéndolo, aunque agobiado por su estado de ánimo, sintió que respiraba paz mientras dejaba caer sus manos...

...Hasta que el desenfado de otras manos, recorriendo sus bolsillos, le recordó que lejos de un techo que vele sus sueños le sería imposible descubrir el mínimo atisbo de tranquilidad. Por algún motivo no se alertó, mansamente permitió que le registraran.
El dueño de esas manos, al no encontrar nada, quiso llevarse los zapatos. Van dio un salto repentino y enfrentó al salteador. Con los ojos apretados, obnubilado y sin espacios para pensar, le encajó toda clase de patadas, emprendió velocidad en sus manos contra esa presencia que no pretendió reconocer de inmediato, le daba lo mismo si era alguna otra chanza de Fernando, su fin era causar dolor, no le importaría si fuera una mujer o un anciano, era un ladrón y no merecía que le mirase frente a frente. Como si hubiera perdido la capacidad de oír, Van iba observando a su alrededor con la intención de comprender lo que estaba ocurriendo. Saciada la furia y cesando de violentar un cuerpo que no presentó la mínima intención de agredir sino de defenderse, observó asustado un cuadro que traspasaba los límites de su fría resistencia al dolor ajeno. Un niño tirado al filo del pavimento, empapado en sangre que manaba de su nariz destruida por los golpes, su calzado era un calcetín en un pie y una vieja zapatilla en el otro, a su costado un par de galletas aplastadas por su peso. Un polo sucio y sus pantalones desgastados pretendían vanamente protegerlo del frío que el mismo no soportaba.

Ahora Van estaba más herido y solo que el pobre muchacho. Cogió al niño por la espalda con cuidado de no lastimarlo más, lo apretó contra su pecho, necesitaba ayuda y sospechaba que nadie se la iba a dar. Corrió en cualquier dirección, corría y vociferaba.
–Han atropellado a este niño, ¡Alguien que me ayude por favor!
–Señor, por favor deje que me lleve a mi hermano –alcanzó a oír una voz perdida –
Sorprendido con una petición que no terminaba de comprender, volvió su mirada hacia atrás. Una niña casi en las mismas condiciones en las que estaba el pequeño herido junto a su pecho. Le seguía desde lejos, el temor la mantenía distanciada del hombre que había emprendido feroz paliza contra su hermano.
–Señor por favor, no se lleve a mi hermano. –Lloraba la niña –
–Acércate, no voy a hacerte daño ¿Qué ha pasado? Ustedes intentaron robarme...
–Sólo queríamos encontrar pan en sus bolsillos
–Entonces, ¿por qué querían arrancarme los zapatos?
–Señor, algunas veces los vagabundos que se quedan dormidos aquí lo guardan en...

Como si le estuvieran abofeteando, Van condujo una de sus manos sobre los labios resecos de la niña y con el índice le hizo una señal para que callara. No soportaba seguir escuchándola. La Tomó del antebrazo y atravesaron una calle larguísima que los condujo a una estación de tren, ahí podía cruzarse el canal ferroviario sin peligro. La niña le guiaba. Rápidamente le había perdido el miedo. Van sacó del bolsillo, que tenía debajo del saco, un emparedado de pollo que no terminó de comer por empezar a fumar, le extendió sus sobras, con el repentino temor a que la niña le rechazara, y esta, en conmovedor agradecimiento, lo desapareció en dos o tres famélicos mordiscos.
Van sintió el temor de caer en una trampa al dejarse conducir por la niña. Pensó que estos listos delincuentes, le llevarían a la guarida de los hombres que los explotaban, pensó y de inmediato desistió de emprender cualquier coartada para abandonar al niño y salir huyendo.
–De nada tengo que protegerme. –Pensaba Van mientras asimilaba su suerte – He agredido ferozmente a este niño que solo buscaba alimento, el no tuvo oportunidad ni fuerzas para defenderse, con mayor razón evitaré defenderme. Si esta niña me guía al castigo, con la espalda ceñida, feliz y conforme lo recibiré.
–Madre, madrecita. No he podido... –Suspiraba el niño, Van, sin entenderlo, le besó la frente y despejó, con las mangas de su camisa, los coágulos de su nariz para facilitarle el respiro–
–Allá está mi casa –Le indico la niña-
–Zaira, ¿mi mamá? ¿Dónde esta mi madre? Me duele mi nariz y mis piernas, dile que me cure.

Zaira con los labios resecos, ahora mojados en llanto, suspiró hasta temblar.
–Ya llegamos Juanito, quédate tranquilito.
–Madre, madrecita –deliraba el pequeño.

Van sintió alivio y recelo al ver acercarse a una mujer que gritaba mientras intentaba reconocerlos. El temor se apoderó de el antes de advertir que, esa mujer, desde lejos advertía que Zaira le tomaba del saco, temerosa y compungida por lo que le había sucedido a su hermano, guiándole al hombre en dirección a la casa donde le esperaban.
– ¡Juanito! qué le ha pasado a mi hijo –preguntaba desconsolada al verle el cuerpo molido y empapado en sangre.
-Mujer... -Animaba Van su confesión o su mentira-
La niña interrumpió jalándole del saco. Este estaba debatiéndose entre mentirle a la madre del niño o confesarse culpable de lo que había sucedido en la plaza. La niña irrumpió velozmente.
–Madre, un perro le ha atacado. Y este señor nos ha defendido. Yo estaba detrás de una banca para que no me atacara pero no pude llevar a Juanito conmigo.
Van, poco menos que atónito al observar la facilidad con que mentía esa niña, le miró largamente; intentó entender las fuerzas que entraban en juego para que esta niña lo convirtiese, de pronto, en inocente. No halló explicación que lo dejara tranquilo. Se acercó a la mujer, le tomo del hombro y antes de poder confesarle su culpa se sorprendió nuevamente.
–Joven, es muy tarde para que esté en las calles. Permítame que lo acoja en mi casa, Usted no tiene apariencia de ser de estos lugares. Duerma, deje para mañana el otro tramo de su camino. Le estoy agradecida por haber defendido a mis niños y la generosidad de traerlos a casa. Nosotros somos muy pobres pero no somos indiferentes al constante pesar de los extranjeros. Quédese se lo ruego.
Van cambió, por una tranquilizante sonrisa, los rezagos de llanto que endurecían la comisura de sus ojos, la ira de no obtener su castigo, el pesar de sentirse extranjero y la incertidumbre que le producía saberse perdido. Abandonó todo; abandonó sus fuerzas, sus lamentos, sus rencores extraviados en el camino, finalmente abandonó sus prendas y se dejó llevar a su descanso como único castigo. ¡Vaya castigo!
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