03 agosto 2008

"Un Limeño en Algemesí"

Van caminaba poseído de una fuerza desconocida que parecía guiarle hacia la multitud, su instinto capitalino lo empujaba hacia las avenidas colmadas de automóviles ruidosos, del vertiginoso camino de transeúntes indiferentes a la nube de monóxido de carbono que respiran con su andar, Van perseguía el tumulto, pretendia internarse en la mar de comerciantes callejeros, de vendedores de comida en las calzadas, imaginó incluso que algún molesto vendedor ambulante le atajaría su búsqueda de todo aquello que sentía muy suyo, y que ahora le parecía ajeno, no halló a su paso siquiera el cuadro más triste de sus incursiones: los lastimeros mendigos de piedra apostados bajo una huerfana ventana de avenida, que parecían ancestrales fantasmas eternos de su ciudad, porque era suya y sólo lo que estaba viendo ahora se lo podía arrebatar con total autoridad. Pero esta ciudad a la que estaba renunciando reconocer, le miraba de lejos, le trataba con cautela, los faros en las calles parecían elevarse al advertir su paso, y aun así el no la sentía mezquina. Esa ciudad le miraba de lejos como se mira a cualquier extraño que pretende comportarse como si estuviera en casa. Tal era la reacción de esas casitas altas y adornadas con un carácter forzosamente moderno, como procurando encontrar sus aires bizantinos en algunas columnas refaccionadas para conservar la altanería de sus techos elevados, la calle Cervantes le sonreía con una lágrima viva y desafiante, el escenario era tristísimo, una calle pequeña de tan bella y golpeada atrozmente por una porfiada modernidad seudoeuropea, Van y yo podríamos jurar que esa callecita extrañamente vacía no era como pretendía ser presentada, y es que sus caminos adoquinados de piedras cuya belleza sólo han podido ganarse con el tiempo y que transpiraba una romántica atmósfera de 1900 estaba manchada de un asfalto grosero y maloliente, de un acabado no prolijo y si tan irreverente como profano. Van parecía confeccionarse preguntas alrededor de todo aquello que representaba un amoroso trabajo artesanal de sus antiguos pobladores -¿Qué razón existe para encubrir la belleza con la violencia propia de las tendencias modernas?- Huyó despavorido al pensar que a las callecitas de su natal Arequipa podrían ocurrirle semejante atrocidad, huyó hacia La calle la Conquesta, burlábase en silencio del nombrecito arguyendo que debería llamarse La Conquista, pero eso es algo que su ausencia de espíritu valenciano lo excusaba, las calles Molí de la Vila y la Placeta del Carbó, cercanas aunque distantes parecían cobijarle con una hospitalidad similar a las calles de su tierra ahora menos añorada, la Plaça Major le confundió más todavía porque ya estaba acostumbrándose a la idea de no entender el lejano español que le advertían los nombres de esos ensimismados bloques de viviendas. Aspiró violentamente la colilla del último cigarrillo, y apagándolo, en señal de respeto por la pulcritud de las calzadas, atinó a tragárselo sin recelos. Las calles de tan agredidas lucían vacías.

Buscaba afanosamente la calle Verdeguers de la Ribera Alta, todo parecía indicarle que andaba cerca, pues no le pareció lejana esa impresión a renacimiento continuo, construcción y destrucción permanentes que proyectaba el carácter de su buen amigo Fernando en todas sus formas de expresión y conducta, estaba seguro que ese caracter tendría especial vínculo con el temple de las calles que lo criaron.

Ya envuelto en el caos y el impetuoso orden que pugna por prevalecer en estas calles y avenidas valencianas y a pesar de las luces tenues que le indicaban el camino, Van se sentía feliz porque hallaría sorprendido a Fernando, su incondicional amigo.

-¡Hombre! ¿qué haceis aquí? ¿quien te ha traído? -le sorprendió la voz de un hombre fumando un cigarrillo apostado en un barroco balcón desvencijado por el tiempo-
-El viento me lleva a todas partes Fernando -respondió emocionado de sentirlo nuevamente cercano-
Fernando bajó tan rápido como si se hubiera arrojado-
-Fuera de aquí, yo no te he invitado -repelió bruscamente- ¡Largo, bandido!
Van creyó un instante haberse equivocado, sin embargo tenía en frente a Fernando, como nunca antes malhumorado
-Es así como muestras respeto por tu pasado, en mi casa que no es tan grande te he recibido y te he llevado a presenciar el ardor incesante de sus arrabales hasta el lujoso presidio de sus intimas areas residenciales. Si así es como recibes a lo tuyos, me iré e intentaré comprenderte en el camino. Es un castigo dormir con la esperanza, qué mal tan grave debí haberte infligido para que al final del camino me trates peor que mula de arrastre. No lo sé y no he de preguntártelo ni de preguntármelo. Me dices adiós y te digo adiós valenciano bendito y maldito, pero ya es bastante volver a ver el rostro de un otrora entrañable amigo.

Se fue Van contrariado, con un nudo duro en el cuello que pretendía ahogarlo en lágrimas amargas, pensaba en todo el camino recorrido, en las horas del vuelo emprendido, en el taxista indiferente, en las calles que parecían abrazarle, se fué y lloró amargamente, aún enjugaba sus propias lágrimas que creía extintas al haber superado dolores frecuentes.

Al doblar la esquina de una derruida y aún impetuosa casa colorada un abrazo le rodeó el cuerpo dejándole sin aire para salir de su asombro mezclado con espanto, acaso no tenía tiempo para sorprenderse, creyó que la ciudad lo abrazaba para consolarle, creyó que era un mendigo de piedra y que despertaría de pronto en una calle suya muy suya. Levantó los ojos para salir de su asombró y delante de él Fernando, su querido e incondicional amigo.

Le odió tanto como lo estaba queriendo siempre. Dejó caer de sus labios unas limeñísimas lisuras interminables.
-Atorrante conchetumare, ¿así te gusta joder a tus amigos no?. Ahora sí te jodiste porque vas a darme trato de monarca en reparación por tu falta huevón jueputa. Estas lágrimas se pagan muy caras, ya vas a ver, has contraído feroz deuda conmigo. -Lo decía dejando descorrer entre sus dientes una amigable sonrisa que lo aliviaba.

Fernando sonrío al ver la furia de un lobo herido y ese aire insustituiblemente soberbio que era característico en Van, su amigo y enemigo íntimo. Le rodeó la nuca con el brazo y le notó temeroso cuando le dijo: -Hombre, sois bienvenido a mi comunitat. ¿Comunitat?…

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