09 agosto 2008

"La Cosa Humana"

La noche que Van descansó sin castigo, fue una noche que tiñó de sangre con sus manos hasta mezclar la oscuridad del cielo y el ardor de sus ojos en una ceguera morada que no le dejaba pensar con tranquilidad.

Esa noche aciaga y casi mortal que fue la obertura de una tarde cuya fatalidad ya se anunciaba con el retrasado tañido de las campanas al mediodía, con la que la catedral de Algemesí convocaba a su misa santa, una reunión eclesiástica a la que asistían cristianos muy persevarantes, casi al unísono de las sempiternas notas clericales del campanario, como Doña Lucía y Don Gabriel. Gabriel Ibarreda, ese alcireño detestable que era el padre de Fernando. La tarde de ese día bajo su calculada dirección, dejaron de asistir puntualmente para convocar a la unión familiar, en favor de la expulsión de Van Scribenz: el huésped inesperado.

Esa noche impune y cómplice de una tarde de levíticos rezagados, caló hondo en la memoria del hombre que encabezaba su puesta en escena, precisamente por ese tufillo a deserción, rabia desatada y compulsión propia y ajena para la práctica infame de la mentira.

Van lanzaba, con cierto desprecio, una furibunda mirada retrospectiva y veía en todo ello una extraña bienvenida de este pueblo. Suspiraba y en el fuerte temblor de sus efluvios de rencor parecía balbucear el nombre de esa población que maldecía su visita con una amplia sonrisa; Algemesí.

Seguramente, si los pueblos pudieran condensarse al punto de tomar una forma humana, Algemesí sería un caballero elegantemente ataviado, con el menton elevado y los ojos perdidos en el horizonte de sus pasos solidarios. Un hombre así no le daría la bienvenida a un libertino, arrogante y engreído como Van, pues el mundo impersonal de la soberbia y la altiveza no admite duplicados: dos elementos similares se repelen, aunque se invierta, obstinadamente, esfuerzos descomunales para lograr disfrazar su irrefutable naturaleza.

Van Scribenz logra detenerse entre la luna de esa noche y el sol del día siguiente. Reflexiona:

-Está claro que los comportamientos humanos son solo puentes de transmisión de emociones, de afecciones personales y reacciones individuales frente a lo que considera una coyuntura notable para excacerbar o moderar la importancia de su permanencia entre sus semejantes.
Los comportamientos son indistintos en esencia, pero cuando se proyectan en lo que hemos convenido llamar la realidad adquieren multiples formas que se dividen en dos facciones opuestas: Unos defienden la vida; apoyan la moral masiva o sentido común; gobiernan y se dejan gobernar; aman aún sin motivos para amar; proclaman la existencia de una divinidad; en síntesis viven de acuerdo a ley, sin saber siquiera qué ley.
Otros en cambio Detestan abiertamente la vida en tanto no se decrete que el derecho para defenderla se debe respaldar con el derecho para finalizarla; generalmente a esa clase de individuos se les clasifica como agresores o subversivos aún cuando sus fines son infinitamente sublimes y justos; construyen una moral propia y no crean objeciones contra la moral de los demás en tanto esta tenga como prerrogativa la originalidad de su existencia o la probada coincidencia con su espíritu creador; son apolíticos, por una razón muy sencilla: consideran que son demasiado serios para asumir un papel atemporal, puesto que el hombre, en efecto, es un animal político pero su fase de evolución actual dista mucho de la necesaria para representar cabalmente los papeles que dictan la conducta del gobernador y el gobernado; Entienden el amor con mayor respeto y cuidado, no creen en dios por una holgada preferencia a creer en varios, pues esto estimula fuertemente su creatividad y alienta las fuerzas que mueven la libertad del espíritu que los posee y poseen al mismo tiempo. En síntesis viven de acuerdo a ley, como los unos, solo que a diferencia de ellos, estos creen saber qué ley.

Un universo poblado de seres conscientes e inconscientes establecen diferencias entre sí, guiados por la fatalidad natural de toda fauna terrestre: establecer su dominio, actuar para comunicar su superioridad, vivir para liderar. Tal vez no haya consensos jamás, pero no podrán refutar que a pesar de ser tan diferentes en el fondo, en esencia son la cosa misma: la cosa humana.
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