03 agosto 2008

"Señuelo Para el Salmón"

“Estimado Van, he decidido volver a mi pueblo, pues calculo que no llegaré a los cuarenta si enterco mi permanencia en Lima. Ha sido grato conocerte, pues lo que hemos vivido en estas calles no me lo quitará nadie de la mente jamás. Cómo no recordar nuestro hurtos memorables en las bibliotecas mejor vigiladas, como he de olvidar las mujeres que compartimos y los fines de semana en las que por algún favor divino terminábamos siempre varados en algún balneario, como si la ciudad fuera capaz de volmitar hasta sus playas todos los elementos humanos que constituyen su polución y su desorden. Odiado y querido Van, has de quedar en mi mente como un ser inescrutable, complejo y distante. No sé qué sentir por alguien que me invitó a vivir una pesadilla interminable y feliz. He disfrutado mucho nuestra amistad, pero el mundo reclama mi participación responsable y es algo que no puedo postergar aunque quisiera, porque si lo hago, han de encerrarme en un sanatorio. No se por qué no te encierran a ti”

Así decía en su carta Fernando Portal, a su buen amigo y enemigo que lo arrastraba por las calles de Lima a pervertir sus cuerpos y sus costumbres. Fernando y Van salían siempre de madrugada, argumentando que la vida bajo el denso manto negro de la noche era más abundante que bajo el yugo de los soles. Exclamaban a dos voces y en alto: “El sol esclaviza a los hombres y su hermana los arrulla, Huid del sol y dejad que os abrace la Luna”. Fernando había llegado al Perú desde una tierra lejana de tan española, llamada Algemesi. Este chiquillo recibía durísimas censuras, por su inconducta, de parte de sus padres por no decir solamente de su madre, Doña Lucía de Portal Ibarreda, pues su padre, un alcireño afable y arrogante que no vale la pena mencionarle el nombre por motivos que estoy enfilando para después, este más bien era liberal que conservador y se solidarizaba con las apreciaciones de Doña Lucía para no reñir con ella, pues era mujer de no aguantar demasiado, si acaso a los hijos menos al marido.

Coincidieron entonces en sacar a Fernado de los suburbios de esas ciudades tropicales a donde habia dado a parar el muchacho, más bien por rebeldía que por espíritu de aventura. Una vez empacados los trapos, emprendió veloz regreso a Algemesí, esa ciudad que a Van lo desconcertaba sobremanera, lo hacía soñar por su caracter medieval y meditaba por la similitud en la manera de pensar y actuar con los residentes de su Lima natal. Algemesí se llamaba y ahora no podía pensar en nada más.

Ya por esos días Van estaba aburrido de no saber qué hacer con el premio que ganó escribiendo una novela, nada le antojaba, parecía tener al mundo como en una pantalla de televisor sin colores. Al terminar de leer el mensaje murmuró -¿Por qué no?, ¿Qué más me hace falta?-

invirtió increiblemente rápido el desorden infernal imperante en su habitación, como para que no se le recuerde mal, pagó sus deudas con un desprendimiento casi santificado, lavó hasta el último calcetín que guardaba bajo el colchón, fué al mercadillo y colmó de alimentos la congeladora. El hombre actuaba como si ese día fuera el último de su vida y como sospechando que nadie le iría a dejar rosas a su sepulcro. En verdad que lo amé por un instante, y no me entienda mal, pues hay que ver que a un hombre perdido no se le puede imaginar jamás en semejantes menesteres. Me trajo a la imaginación que si por un golpe afortunado se diese un arrebato masivo como el que tuvo Van, tal vez el mundo sería por un día feliz. Van se iría a Algemesí y nadie podría detenerlo.

A la mañana siguiente partió a Valencia, al llegar hacía menester hallar la manera de llegar al pueblo de Fernando. Van llegó de noche al aeropuerto de Valencia, el viento arreciaba contra su rostro además de las miradas incesantes de las gentes que le rodeaban, de inmediato se supo extranjero, no había sentido nunca nada parecido pues era hombre de estar en las calles pero siempre de su país. pensó para sí mismo - Al salir de este aeropuerto, recuerdo que abrí por primera vez la puerta de mi casa para ver a la gente que colmaba las calles de ruido y de voces intimidantes, lo que ocurría allá afuera me sorprendía siempre y al cabo de un instante una risa sorda en frente de mí me recordaba que era un tonto al mostrar mi natural extrañeza. Ahora no rien como otrora pero están mirándome de una manera que expresa lo mismo que una inmensa burla y casi no puedo contener el deseo de enfrentarlos, pero eso me evidenciaría demasiado.-

Arrastro su equipaje pesadamente, caminó meditabundo, con el vano afán de recuperar sus aires capitalinos en el camino, estaba comenzando a odiar su maleta cuando le asaltó un incontrolable deseo de miccionar, vió mal parado un poste que indicaba Calle del Maestrat. El uso de un idioma que sentía suyo ahora sonaba raramente profanado, medio valenciano y medio castellano, leerlo así le llevó con más prisa hacia el poste para regarlo generosamente y partir. Antes de subirse al taxi oyó una voz senil e intolerante - Oiga gitano, por qué cojones no se orina en los pantalones en vez de mancillar así la ciudad- Ese aire odiosamente ceremonioso todavía irrito más a Van que se subió de inmediato para evadir la reprimenda que apenas parecía empezar. Una gran autopista se abrió al doblar la calle de Maestrat y de ahí en adelante solo recuerda haber parado casi cuatro veces para pagar peajes. Ya este último tramo le pareció mas largo que el primero desde su pueblo. Abrió las ventanas para que la fuerza de los nuevos vientos le recordasen su libertad y enseguida se dejó juntar los parpados para pensar en la expresión de Fernando cuando lo viese…

Van, que anda siempre contracorriente, cual salmon en río de cauce inclemente, ha sido capturado al morder un estupendo señuelo, ahora la corriente lo arrastraría en cualquier dirección menos la suya. Eso es lo que parece, pero ya he visto a Van jugarse un papel aparentemente pasivo, cuando en realidad está vigilando terrenos desconocidos para asentar su presencia dominante.

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