11 agosto 2008

"El Otro Perro"

Un baño de cálidas luces naturales recuerda a los ciudadanos de Carrascalette que Dios les ha bendecido con un día nuevo, les alienta con una brisa que hace silbar los maderos que emergen de la tierra, para protegerlos de las intempestivas calmas y desaires de los temporales que, aquí en Carrascalette, al otro lado de la vía ferroviaria, parece indisciplinarse de las estaciones climáticas. Esta ciudad aislada y arrinconada por la fuerza inherente a los fierros retorcidos, que es el camino obligado de los trenes, flota magicamente entre arcoiris humanos y sonoros resplandores en los trajes de sus habitantes: Son los gitanos que llegaron hasta aquí para asentarse.

Van despierta con una sonrisa que tal vez Goya le haya inspirado con una enigmática pintura sin título, que el ha convenido llamar "El dolor de Goya incomprendido"; lleva consigo, copias de sus silenciosas melodías pintadas. Cada vez que se siente desolado, recurre a su expectación hipnótica que le trastorna las emociones al punto que se siente feliz de haber nacido después de haber sido realizadas; al mismo tiempo se pregunta ¿Qué hubiera sucedido si Goya no hubiera sido un corriente mortal? Sintió miedo de responderse y sacó de inmediato esa pintura que tanto lo embarga: "El Perro". Contemplaba este lienzo pensando en esa gran mentira que le hizo inocente: La noche anterior, en efecto, un perro atacó al niño, pero no se dijo que el perro era el. Apartó sus pasos mentales de esa oscura verdad por necesidad.
Muchos no entienden "El Perro" de Goya, peor aún muchos creen entenderla perfectamente y Van es uno de ellos:

-¿Habéis visto un lienzo tan perfectamente tácito y al mismo tiempo inescrupulosamente enigmático? ¿Que podemos esperar de el, ese genio cuyo nombre y cuerpo eran lo único que lo hacía parecer humano? No se sabe nada de este hombre porque el no sabe nada de los hombres, todo lo que hizo durante su vida fue expresar su admiración por estar entre ellos, parecerse a ellos y no ser uno de ellos. Puede llamarse a esto soberbia, y lo es, pero no es la soberbia como los humanos la conocen: como un malvado gesto de desigualdad calculada para trazar diferencias con el resto. No, este genio era soberbio porque no podía ser de otra manera porque tal es la naturaleza de un ejemplar humano que ha sido capaz de hallar su divinidad y hacerla brillar.

Goya, me recuerda las elucubraciones más hondas, las reflexiones que me han dejado a dos pasos del abismo: "La fantasía, aislada de la razón, sólo produce monstruos imposibles. Unida a ella, en cambio, es la madre del arte y fuente de sus deseos".
Cuando he sentido la presión incontrolable de quienes aspiran a mis favores y pretenden ridiculizarme de la misma forma como nos burlamos secretamente del perro que hace nuestra voluntad, cuando le tenemos, al alcance de su olfato y lejos de sus garras, un hueso que desea febrilmente. En esos momentos Goya deja de ser colores para ser reflexión inaudita: "La gente tiene que acudir a mí cuando quiere algo. Yo me dejo ver muy poco y sólo trabajo para personas de alto rango o para los buenos amigos. Pero cuanto más me hago de rogar, tanto menos me dejan en paz, y no sé cómo puedo hacerlo todo" Así siente mi maestro y me sumo a su malestar, pues el entiende mis pesares como ningun dios entiende a sus criaturas.
Veo a ese perro incrustado en su lienzo y hasta ahora nadie coincide conmigo. Cuando hayo, en la ternura del animal, el dolor de Francisco en sus temores al hallarse en el limite que traza la muerte para su permanencia, allá, detrás de ese animal, se aleja su figura, se desdibuja su mentón, su nariz, mas no su mirada; contradiciendo, como todo genio, la creencia espiritual que solo los ojos son la ventana del alma. El perro observa a un sacerdote con las manos dispuestas a la oración; detrás de este, un angel se eleva furioso hasta convertirse en un demonio alado y furibundo que se yergue en favor de la oscuridad más elevada que lo aguarda. Yo lo veo muy claro pero, hasta ahora, nadie lo ve como yo. Qué placer tan grande produce comprender a un genio, con la sumisión que me provee ser su sencillo expectador.

Van, pasmado, inmerso en un estado de autismo que le flagela el arte y su expresión sublime, enfoca nuevamente sus sentidos. Observa con dificultad, los segundos reales van superando gradualmente. Contempla los maderos silbantes que le separan de la nueva ciudad que lo ha alejado de la furia constante, de los arrebatos falaces y la incesante búsqueda de la comodidad. Búsqueda que no prosperó nunca por hallarse entre gente que no estaba dispuesta a comprender su naturaleza errante. Despierta por fin y se halla enclavado en una ciudad errante.

Afuera, la ciudad rumorea como un batido de olas, semejante a los ruidos que fabrican los comerciantes, se sintió por breves segundos en medio de su arrabal añorado, indentado en algún feroz mercadillo. Se sintió feliz y apartó las sábanas de su cuerpo.

-Buenas tardes Señor, -saludó la madre del niño embestido- ayer al llegar le pregunté su nombre pero cuando esperaba su respuesta ya estaba dormido ¿O se hizo Usted el dormido?
-De ninguna manera -sonríe- Ayer al llegar me sentí cansado, solamente, cuando dejé de cargar al niño. Aunque no lo crea, sin necesidad de defenderme de un animal violento, gasté más energías que el pobre niño.
-Joven ¿ahora sí me va a decir quién es Usted?
-Primeramente le prohibo que me siga tratando de "Usted". Mi nombre es Van Scribenz, nací lejos de aquí, en un territorio llamado Perú. He llegado aquí porque quería visitar a un gran amigo, en realidad ya lo hice y ahora me dispongo a volver.
-Dice Usted... Perdón. ¿Dices que vienes desde Perú? -inquirió atónita la mujer-
-Así es, de todos modos, no creí que después de sentirme tan malvenido, ahora me encuentre aquí, con tanta amabilidad y hospitalidad que me ofrece.
-Un momento, -interrumpió la mujer- primero me prohibes que te trate con respeto, sin embargo me tratas con respeto a mí...
-El respeto no depende del trato. Inicialmente, yo trato a todos así, hasta que dejen de merecerlo, pero para ello necesito que me traten con total confianza. Lo que busco es eliminar el respeto que me producen, al principio, los demás.
-Van, no te entiendo.
-No es necesario, es mejor así: La menor de mis pretensiones es que me entiendan.

Van salió del cuartito de maderos, sin dejarse perturbar por la decoración multicolor y omnipresente, un biombo musical, que refrescaba los ambientes, lo separaba de una salita que veía ayudado de las luces que penetraban por las rendijas de toda la casa, la casita parecía extraída de un cuento arabe o hindú, todo alrededor suyo era muy modesto en apariencia y sumamente suntuoso en la esmerada decoración. Esta no era una casita de Cristal como la de Fernando pero era una casita de maderas cristalinas que le embebían los ojos de fantasía.
Al atravesar el biombo con una brazada lenta y determinante, observó a Zaira, la hermana de Juanito, con sus diligentes manitos dentro de un tazón, quitándole la cascarita a las semillas de arroz. Viró la mirada y advirtió una sombra que huía fugazmente de su alcance. Juanito huyó a las faldas de su madre sin decir palabra. La madre, sorprendida, buscó con la mirada a Van. Sin hacerse esperar, la niña intervino para acariciarle la cabecita a su hermano:

-No tengas miedo Juanito, el es quien nos ha traído a casa después de que el perro te quiso morder.
-¿Cuál perro? El me pateó.
-No Juanito el pateó al perro. ¿Ya no recuerdas nada?
-No vi ningún perro -resintió el niño-
-Ya, ya. Váyase a jugar -terminó la discusión Zaira-
Van, lo mismo que la madre, no salía de su asombro. Se despidió afectuosamente de la mujer, recogió sus cosas, descorrió el último biombo y se fue, dejando tras de sí, una vela incandecente en el interior de cada uno de ellos: La madre se debatía entre el agradecimiento generoso y la acusación resistente de su hijo; la niña defendía su generosa mentira; el niño intentaba recordar algo que no recordará jamás. Van sin embargo no había perdido la sonrisa, acaso sonrío más ese día, el día que su mente lo concibió como un perro, el otro perro.
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