08 mayo 2009

"Luna nueva tras el dintel de mi ventana"

Joaquin transita a la deriva sobre el furioso asfalto de Lima, no camina nunca de día, se siente especialmente cautivado por la belleza de la luna nueva e inventa su camino guiado por el escaso brillo de esas lunas enigmáticas que le inspiran besar las sedas oscuras de la noche elegida, para hallarse y perderse entre la multitud temprana, echar a andar su calzado hasta quedar al amparo de las tímidas luces de las calles cuando quedan vacías, austeras y desiertas; sólo en ese instante se reencuentra con sus cuerpos repetidos por doquier, recordándole cada día perdido en el tiempo.

La tarde es el reloj que lo despierta y lo motiva, las últimas luces del sol se filtran a través de las persianas decorando con líneas rojas desenfocadas el sofá sobre el que yace meditabundo, ensimismado, abstraído por la sólida imagen de un incipiente amor que él mismo desprecia para no ser agredido por la negativa inminente que sospecha.

Lucía lo atrapa en la expansión de sus encantos. El la desea en silencio lo mismo que su hermano Lucas, sólo que éste es su cándido amante, omiso al dolor de saberse traicionado por los callados deseos de su amada.

Ya el encanto estremecedor de la tarde se ha esfumado, Joaquín espera que su habitación luzca llena de vacíos, antes de partir decide encender una vela para iniciar su ritual a la esperada Luna nueva.

Susurra cauteloso…
Esta noche serás mía y serás de todos a la vez, los suaves vientos que anidas en los mares llegan hasta mí como aroma de primavera, tu sensualidad colorea mis deseos, bajo tu sombra he de embriagarme y me dejaré caer con tu caída irreparable, Luna negra y esquiva, ¿A dónde he de arrodillarme si ya casi me quedo sin piso de estar contemplando tu belleza sin igual? Tráeme lluvia menuda y levísimas tempestades, agita los mares en favor de mi camino nocturno, cierra mis ojos a tu ardiente y furioso amante que me devasta una vez al día con su presencia luminiscente, a cambio he de danzar para ti con interrenal alegría.

Luna, aquí me tienes, apoyado sobre este umbral que hiere mis brazos abatidos por tu tristeza aparente. despeja esas densidades para que no se acabe mi noche jamás, déjame soñar, déjame amarte y te amaré sin tregua y sin pausa.

Lucía que en secreto le oía, oculta detrás de la pared junto a una de las jambas de la ventana que era el improvisado templo de Joaquin, cayó sobre sus propias piernas, arrodillada, entumecida, azorada por las febriles confesiones de este hombre al que amaba secretamente, descubierta únicamente a través de los pletóricos y susurrantes deslices involuntarios de su mirada.

Joaquín, sabiéndola oculta y justo debajo de su ventana, eleva su persiana y arroja su rostro suavemente hacia la calle. La halló indefensa, recostada sobre sus miedos, falseando su clandestinidad.

-Lucía… -ella le miró sobrecogida- A ti te amo más…

Joaquín caviló para si mismo: Una noche de Luna nueva tras el dintel de mi ventana, esta vez no inventé mi camino, tal vez la luna la inventó por mí: un excepcional camino nocturno en la insuperable compañía de Lucía, esta vez en dirección a mi almohada.
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